Esconde lo que no se dice, lo que no está, el deseo subliminal. No es cierto que lo ve todo pues ve lo que la mente le obliga. No es cierto que sea el espejo del alma, pues el alma no posee control absoluto sobre él. Y así, en medio de la disputa entre la mente y el alma por la soberanía del globo ocular, el ojo nos engaña todo el tiempo porque se engaña primordialmente a sí mismo, en un utópico y desesperado intento por conseguir su libertad.